Solipsismo

Aunque en el texto que sigue voy a referirme a mi experiencia personal, no creo que la mía diste mucho de lo que cualquier persona habría podido pensar en algún momento de la vida. Me atrevo a decir que todos hemos pasado por la idea de que nuestra propia mente es lo único que en realidad existe, y el exterior bien podría ser una ilusión muy elaborada, incluso una obra escrita y dirigida para nuestro beneficio, y sólo el nuestro.

Yo tuve mi etapa solipsista cuando tenía unos diez o doce años, en esos días nebulosos en que uno comienza a entender qué significa ser una persona. Quizás pensé que no tenía sentido que yo pudiera ver solamente a través de mis ojos, y no los de mis papás o los de mis amigos; pensar solamente mis propios pensamientos, y no, ni siquiera por equivocación, los pensamientos de alguien más. Quizás pensé que el acto de percibir era el que instantáneamente fabricaba la realidad, que esa misteriosa voz que parecía provenir de adentro de mi cabeza, simultáneamente mía y ajena, formaba parte tangible de lo que es real. Quizás pensé que, si yo no podía entender como real aquello que no era parte de mi realidad inmediata, y mi realidad inmediata estaba siempre poblada con objetos y situaciones que entraban y salían como actores que se desplazan entrando y saliendo del telón, entonces a fin de cuentas nada de lo que yo veía era “realmente real”.

La idea de que el mundo se muestra accesible, fabricable, solamente para uno mismo, es una poderosa tentación. La escena entera del mundo, con todos sus detalles y variedades, con sus metafóricas marionetas y sus hilos figurativos, habría podido mostrarse plena ante el espectador. En cambio, vaya sorpresa, la cámara se centra en apenas uno de entre los millones de actores que cubren el globo. Es imposible no sentirse privilegiado de alguna manera; creerse actor y cámara, y después de unos cuantos pasos también director. Sin duda alguna el mundo está hecho para que uno mismo, al mismo tiempo héroe y espectador, libre su gesta valerosamente y obtenga su esperado final feliz.

Durante mucho tiempo jugueteé con ideas como éstas, creyéndolas (por supuesto) originalísimas (por ignorar los precedentes) y absolutamente irrefutables (¿quién iba a decirme que había algo por fuera de mi mente? ¿Uno de los monigotes que ella misma había puesto como personaje?). Hasta que me enteré de que esos pensamientos míos ya existían, y se llamaban solipsismo: básicamente, la idea de que uno mismo, por ser el sujeto de toda experiencia sensorial, es de alguna manera superior a los demás seres humanos y al resto de la realidad. Cuando me enteré, mi convicción se vio momentáneamente sacudida, pues si alguien más había pensado lo mismo, cualquiera tenía también derecho de pensarlo, y no sabríamos al fin y al cabo quién tiene la razón, quién es el verdadero espectador, en torno a quién gravita toda la existencia.

Pero digo que ese choque fue apenas momentáneo. Después de todo, el mundo estaba hecho para mí nada más: todo cuanto pasaba tenía como fin ayudarme a encontrar una lección, mejorar de alguna manera la vida del espectador (e incluso las cosas que no parecían tener nada que ver servían como recordatorio de que había otras cosas que sí, y de que, al fin y al cabo, yo era el centro del mundo). También haberme chocado con el solipsismo era una señal directa del libretista: “tu sistema de pensamiento no es solamente una fantasía, es válido, y es hora de que comprendas lo que en verdad significa”. Esta idea de que todo acontecimiento era una lección pensada para mi provecho fue una de las que más tiempo persistió en mi mente, hoy lo recuerdo.

El solipsismo me duró meses y meses, años tal vez; hasta que un día, en el centro de la ciudad, una observación elemental se me hizo clara, un cielo despejado a las nueve de la mañana después de un nublado amanecer. Me di cuenta de que si el mundo realmente estuviera planeado deliberadamente a mi favor, no tendría el más mínimo sentido que fuésemos tantas personas, miles en una ciudad y millones en todo el mundo. No tendría sentido que fuéramos todos tan parecidos, todos con la misma capacidad de pensar, de percibir, de moverse. No tendría sentido que, siendo tantos, hubiésemos elegido construir ciudades, formar sociedades y culturas una tras otra como el arcoiris, hablar mil y un idiomas y a pesar de todo entendernos en lo más básico. En fin, que esas máscaras que antes parecían diseñadas para mí, esos personajes que apenas simulaban pensar y comportarse como yo, son personas de verdad, tan pensantes y tan auténticas como yo, y que yo mismo soy apenas uno más de ellos. Que estando ya todos en el mismo sitio, nuestra única opción es ponernos de acuerdo y convivir. De lo contrario, no sería “la sociedad y yo”, sino solamente un yo rodeado de selva virgen o de piezas de lego.

Instantáneamente, la idea del solipsismo cobró para mí una invalidez definitiva. El problema estaba resuelto. Ya no estaba hecho sólo para mí todo lo que ocurría en el mundo; en adelante, sería mi responsabilidad como sujeto (uno entre muchos) observar y aprender. Y me he tardado diez años, pero sí puedo decir que he observado y aprendido desde entonces.

Ahora bien, tanta cháchara de escenas y solipsismos, ¿para qué? Resulta que escogí el solipsismo como el tema de mi primera reflexión en el blog porque me he cruzado con él con mucha más frecuencia de lo que creería justo, tratándose de una postura tan insostenible. Muchos sistemas de pensamiento que me he encontrado, de gente que conozco, llevan el solipsismo de manera casi axiomática*. Sin embargo, mantengo la posición de que todos debemos pasar por una etapa solipsista, y superarla. Ya he mostrado dos argumentos en contra del solipsismo: el argumento social (el espectador es un ser humano como todos los demás, por ende no tiene sentido creerse privilegiado) y el argumento subjetivo (si todo el mundo tiene derecho a afirmar el solipsismo, entonces todos los solipsismos son igualmente válidos y por ende igualmente inválidos). Enseguida ofrezco varios argumentos más:

  • El argumento empírico: el privilegio del espectador consiste en poco más que ser una limitada ventana al mundo, del tipo que los demás actores presumiblemente también poseen. Ni siquiera sus medios para influir en la realidad son distintos a los de los demás
  • El argumento ontológico: si el actor/espectador iba a ser único, ¿por qué debía ser idéntico a los demás actores, que no son espectadores? ¿Por qué el único espectador no es un ser superior, categóricamente distinto a los demás actores?
  • El argumento computacional: nuestras mentes son falibles, lentas, imperfectas, pero el mundo parece funcionar de manera tan precisa, eficiente y consistente que no podemos creer que el mundo es una creación de la mente.

En esencia, los argumentos contra el solipsismo se reducen a una sola condición: nuestra condición de iguales por pertenecer a la misma especie.  Con esta afirmación de principios, con este llamado a la igualdad, doy por inaugurado mi nuevo blog.

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Comentarios

  • Carvajal (@DanielEsponjoso)  On enero 25, 2012 at 7:52 pm

    A mi me pasó, pero más viejo.

  • Maki  On marzo 3, 2015 at 11:11 am

    El problema del solipsismo radica en el dualismo cartesiano. Pero no es realmente un problema porque parte de unas bases erradas. Una vez desaparece el problema de base, que es el dualismo, desaparece cualquier conflicto. Cuerpo y mente están unidos.

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